Paternal: vuelven las reuniones de vecinos en la vereda.

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Cuentan que forman grupos por las redes sociales para acordar horarios de encuentro y cuidarse entre ellos. Que los robos no nos impidan disfrutar es su lema.


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Paternal: vuelven las reuniones de vecinos en la vereda.
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6/3/2017

Blanca Juárez forma parte del paisaje de la calle Manuel A. Rodríguez al 2300, en el barrio porteño de La Paternal. Se la puede ver en la puerta de su casa por la mañana, al mediodía, después de la siesta y a la noche; a veces hasta a la madrugada. Y también, en la aplicación de Google Street View. Allí, Blanca aparece con su mesita, su termo, su mate y su sillita.

“Si estoy adentro de mi casa me asfixio, me siento presa”, le cuenta a Clarín un mediodía de más de 30 grados de temperatura, mientras espera el almuerzo bajo la sombra de un árbol que sembró uno de sus hijos para apaciguar el calor. Lo que hace aún más épico al ritual es que Blanca, en su casa, o sea a diez pasos de aquí, tiene aire acondicionado.

En Capital Federal y el Gran Buenos Aires, todavía quedan personas como Blanca. Pocas, muchas menos que antes, pero quedan. Están en las puertas de sus casas, como antes; como siempre. En los últimos años, desde las redes sociales, hubo distintas invitaciones de vecinos para volver a la calle. “Que la inseguridad no nos impida disfrutar de la vereda”, fue una de las consignas.

Son las seis de la tarde de un jueves en Italia al 4300, Ciudadela Norte. El paisaje se parece a las viejas épocas de aquellas de las que nos hablan los abuelos: diez nenas y un nene juegan a saltar la soga, a patinar, a andar en bici, a gritar haciendo un sonido de bocina esperando el saludo de los autos, motos y colectivos que pasan por la cuadra.

En el piso de la vereda hay manchas del agua con la que se refrescaron. Y más a la esquina, algunos de sus mamás y papás toman mate y conversan. Que antes, hace treinta años, eran los que jugaban.



El ritual de volver a la calle nació vía WhatsApp: acordaron un día, una hora y salieron de varias casas de la cuadra y de la vuelta. Solas no se animaban, por la inseguridad. Fue el verano pasado. Hoy fue igual que cada vez que lo hacen: se pusieron de acuerdo en el grupo de la aplicación y salieron.

Casi siempre se reúnen en la puerta de la casa de Laura Costanzo, que lo primero que hace es enumerar cuadras de la zona en la que se junten vecinos en la vereda. “Te aseguro que tomar mate en la puerta es más común que lo que parece”, avisa. Laura cumple con un deseo que sintió de chica, viendo a sus abuelos y papás: crecer y ser como ellos, saliendo y cuidando a la vez de sus hijos.

En la misma vereda hay dos abuelitas tomando aire. Pero en el jardín. De la reja hacia adentro. Hasta no hace mucho estaban del otro lado. “Sabemos que la zona es insegura, que lo recomendable es quedarse adentro. Pero si nos encerramos todos y nos quedamos con el ‘no se puede salir’, las cosas nunca van a cambiar”, dice Ivana Lazarte, una mamá que creció comiendo pizza en la cuadra y bailando en la vereda en las fiestas de Fin de Año y que también “hace vereda” en lo de un grupo de familiares de Boulogne. El grupo de vecinos que sale sobre la calle Italia también se unió para instalar alarmas en la cuadra y poder disfrutar más tranquilos.

Deborah Yacarino es mamá del único varón que sale efectivamente. “Más allá de que si lo dejo adentro solo se la pasa en la computadora o con el celular, salir también es bueno para mí. Para despejarme un poco, para charlar de cualquier cosa, tomar aire. La casa te enferma. ¿A quién no le gusta estar en la puerta? El tema es que los demás se animen a salir también y no seamos los únicos grupos”, dice.

De vuelta en La Paternal, la hija de Blanca comenta a este diario que los vecinos de las otras seis casas del PH no salen a trabajar sin un mate de su mamá. Por más temprano que salgan ella está en la puerta y les convida. Desayunan con ella. Al regresar, lo mismo: ella sigue en la puerta y les vuelve a convidar, comentarios de por medio, sobre la jornada laboral y la situación en la casa.

“En esta vereda hasta sacamos los colchones y dormimos las noches que nos cortan la luz”, dice Blanca. Basta con pasar unos minutos con ella en la puerta para comprobar que todos la conocen. La saludan los pibes, los cartoneros, los empleados de los locales de autopartes de la vecina calle Warnes, todos.

Las noches de Navidad y Año Nuevo también la pasa en la vereda pero en familia. Entre todos hacen la mesa larga y comen, brindan y después bailan. “Mi marido salía hasta cuando estuvo en silla de ruedas”, agrega Blanca. “En invierno nos abrigábamos y también salíamos. Después él ya no pudo moverse de la cama. Amamos el barrio. Nunca nos pasó nada”.

Blanca le cuida la casa a los vecinos que se van de vacaciones, los autos a los que estacionan. Está autorizada en la escuela de enfrente para retirar a varios hijos de vecinos, cuando a sus padres se les hace tarde y no llegan. Por último, enumera los muertos de la cuadra y los vecinos que se acercan a su mesita a acompañarla un rato, según el horario. Hace décadas que su mundo trascurre ahí mismo, en Rodríguez al 2300. Y dice que mientras la salud se lo permita, ahí la pueden encontrar. Donde se siente feliz.

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